Análisis de una imagen

De forma sintética, la imagen resume el paso por la educación obligatoria, desde que somos niños hasta que nos graduamos en el secundario. Deja en evidencia como con los años, se amolda a los estudiantes a una sociedad que prefiere no salir de su zona de confort.

Desde que somos niños, la curiosidad habita en nosotros. En los primeros meses todo va a la boca, y es la forma que tenemos de niños de conocer explorando. Luego comenzamos con el ¿Por qué?, a cada cosa que se nos cruce. Parecemos científicos, analizando y cuestionando todo. Recorremos la naturaleza, nos detenemos a observar lo que atrapa nuestra atención, y quizás, hasta nos involucramos para conocer más acerca de eso que tanta atención nos lleva.

Hasta que a muy corta edad, comenzamos el jardín de infantes. Es decir, nuestra escolarización. Dibujamos a los integrantes de nuestra familia, pintamos las estaciones del año, reconocemos las letras de nuestro nombre, identificamos los días de la semana, empezamos a socializar con más niños de nuestra edad, así como también sabemos que a los niños más grandes hay que hacerles caso, o a la seño que hay que tenerle respeto y por supuesto hacer lo que nos pide. 

Desde niños, somos creativos, imaginativos, creamos historias, jugamos con tapitas, nos arriesgamos a lo que no conocemos y eso no nos causa miedo. Improvisamos y nos equivocamos, pero aprendemos para la próxima vez. Pero en el mundo del adulto, equivocarse es fracasar, y por ende, está mal.

Si dibujamos una casa cuadrada de color amarilla, la seño nos dice que las casas típicas son como las yanqui, con tejados a dos aguas, de dos pisos, con la puerta en el medio y una chimenea, marrón y blanca.

Los perros y los gatos se llevan mal, así que o se dibujan perros o se dibujan gatos. Las nenas de rosa y los nenes de azul. La cocinita para las nenas y los autos para los nenes. A la escondida no jueguen porque se pueden caer, se van a lastimar, los nenes son más brutos y las nenas son más débiles.

Y así, lo que aprendimos en nuestros primeros años, empieza a tomar otra forma. Empezamos a posicionarnos según el modelo donde mejor “encajamos”. Y empezamos a tener miedo de animarnos a hacer algo, a improvisar y ni hablar de equivocarse.

Empezamos primer grado, todos de blanco, porque ¡ya somos grandes! Y de ahí la idea de “querer ser grande”. ¿De verdad?

Ahora tenemos que estudiar, porque nos empiezan a calificar. Numérica o alfabéticamente, empezamos a darnos cuenta que tenemos que rendir bien.

Sabemos que con $10 compramos 5 caramelos. Pero la seño nos enseña a dividir y nos dice, 10 dividido 2, es 5. No está preparada para imprevistos, no es lo mismo que un niño le pregunte cuánta plata necesita para comprar caramelos para todos. “No te distraigas que después no te salen los ejercicios en la evaluación”. Porque la matemática es para la escuela. Y las ciencias, para científicos locos. Y asi, poco a poco, ponemos a dormir la creatividad, la curiosidad ya casi que no nos ayuda a estudiar más allá de lo que la seño nos dice, y la imaginación no encaja en este nuevo sistema.

Despertamos la memoria, porque la necesitamos. ¿Cómo me voy a aprender las tablas? ¿Cómo hago para acordarme los números en inglés? ¿Y las provincias de mi país con sus capitales?

El 10 va a la bandera, y es un orgullo. “Vos tenes que ser como Juana, inteligente, mírala como abanderada”, “así no vas a llegar a la bandera”. ¿Y si no quiero ser como Juana porque me llamo Antonia? ¿Y si no quiero estar en la bandera como obsequio a mi memoria? ¿Y si quiero descubrir el mundo de forma creativa? ¿Y si me quiero equivocar?

Pero arrancamos el secundario. Ahí ya somos maduros. Todos unos adultos responsables. Incluso más presión aun, “te tiene que ir bien para ser alguien en la vida”. “Si acá no estudias, entonces ¿Cómo vas a hacer en la universidad?”. “Te tiene que dar la cabeza”.

Y ahí, la sociedad educativa aplasta la curiosidad. Tenemos que esforzarnos en tener un comportamiento más rígido, convergente e inflexible. Es necesario amoldarse a los patrones establecidos por la sociedad, con su pensamiento convergente. La escuela como hegemonizador.

Más que nunca, el profesor espera y le interesa obtener respuestas cerradas a determinados contenidos y que no se salgan de la frontera de la materia. El libro tiene razón, y esa es la respuesta correcta. Fin.

Nos egresamos, y sabemos que quienes hayan estado en la bandera, van a ser ingenieros, médicos, abogados. Porque les da la cabeza. Y quienes aprobaron con lo justo, quizás terminan siendo albañiles o amas de casa. No les da para estudiar.

Y acá, el análisis. O mejor dicho, mi análisis. En el ámbito profesional, se busca gente creativa, que sea capaz de innovar, que sea original, que esté preparada para el cambio. Pero en la escuela se enseña, cómo se tienen que hacer las cosas, cuales son los pasos que hay que seguir. Las soluciones me las daba la profe. ¿Cómo hago para ser innovador? ¿Ser creativo es crear una máquina, como la computadora?

Y ese, es nuestro primer trabajo en este camino que tenemos por delante. Permitir que el alumno piense, se pregunte, cuestione, que sea crítico. Que nos deje sin respuestas. Mejor, tenemos un problema a investigar.

La ciencia es hermosa, la química es tan rica. La química es parte de nuestros huesos, de la sangre, de las enfermedades. La oxitocina cuando nos enamoramos. La serotonina es responsable de nuestros estados de ánimo y las emociones.

La biología es química también. La matemática explica las reacciones química. La física explica lo que vemos. La literatura nos explica un texto científico. La sociología nos ayuda a interpretar la sociedad antigua y la de ahora. Y podría seguir.

El curriculum atiende a la complejidad y nosotros somos el puente para que se logre. La química no es una materia aislada, con fronteras impermeables y respuestas cerradas. Hay que ser capaces de utilizar analogías con ejemplos de la realidad, de la vida cotidiana. Hay que borrar la idea que la ciencia es para el científico. Cuando cocinamos hacemos ciencia. ¡Incluso de la energía que necesitamos para movernos! Si sabré de ATP.

Está bien pensar diferente, es contagioso. En mi clase de práctica mencione al hipoclorito de sodio, tan conocido como lavandina o mal conocido como cloro. Enseguida un alumno me menciono que se utiliza hipoclorito de sodio para los tratamientos de conducto. Y automáticamente, en el fondo una pregunta un poco silenciosa, con miedo al error, ¿Eso se le pone a la pileta?”. ¡Si! Ejemplos cotidianos.

Ese es nuestra labor en las escuelas. Ese es el cambio que tenemos que promover. Todo está relacionado con todo. Nuestro aprendizaje lo acomodamos en redes conceptuales que se relacionan en un ida y vuelta continuo. Nos da respuestas a un problema cotidiano. Ese es el aprendizaje significativo. La memoria solo nos limita, nos posiciona en la zona de confort. En lo que está bien.

Demostrar que equivocarse, nos ayuda a crecer. Y se aprende mejor, que cuando alguien nos da la solución. Quizás Platón tenía razón, el alumno tiene que superar al maestro.

Promover seres críticos, que formen parte de las decisiones de la sociedad. Que pregunte. Que defienda con fundamento. Porque pensar, asusta a otros.

Eso es la escuela para mí. O en realidad, la Institución que me va a permitir ser parte de la formación del futuro. Comprometida con mi labor docente, que no solo se basa en la mera transmisión de conocimiento, si no, formando parte de la formación de una persona, con todo lo que eso implica.