Ahora a me doy cuenta;
confundí la dicha con la emoción inasible del instante,
con apresar en la mano, la ilusión como puñado de arena;
Ahora, en el insomnio de disquisiciones barrocas,
descubro que ella se yergue impoluta en la hora del trigo y sus nutrientes,
primero las hojuelas, después la vaina,
la mazorca y finalmente el grano;
ver cómo crece veloz el paraíso,
la ofrenda de su copa densa, espesa, resurgiendo
en la antesala de la primavera.
Ninguno ha visto como llegaba ajeno, al ángulo del jardín,
el imponente ceibo de frondas espinadas;
Las ventanas amarillas del sol de agosto,
con sus delicados fulgores;
aún así, por esa tarea suave y sostenida de la luz,
los tallos se elevan en femeniles capullos y las cortinas
traslucen doradas.
De este modo, la dicha se enlaza con el silencio
de la senda polvorienta y continúa siendo
en el mítico fuego de la casa esquinada:
en el malvón, la escalinata, ladrillos nuevos apilados;
Prendas lavadas en la soga que flamean estridentes
cuando el aire arrecia venturoso por el patio;
ellos son supremos, amados, costumbre de los días,
entonces, el trabajo de creer puede realizarse a pleno,
y la semilla que emerge es gloriosa y radiante.


Porque al fin y al cabo ¿qué es la dicha, sino transcurrir afables,
el regreso al cuarto eterno, a la mesa de luz provenzal
y el jazmín,
el olor a colonia inglesa cuando el espejo estuvo siempre
en el mismo rincón y los placeres antiguos retornan
avecinándose una tormenta?

Ninguno escuchó un designio ni vio
un proyecto,
sin embargo, donde se respiró hermandad,
el aura queda consagrada y consagra,
la pérgola y el álamo, cobijan.

Si me preguntan, qué tengo yo,
que mi felicidad codician;
qué suplicio los maquina;
tornada hiel, vociferan palabras como espadas,
lastiman la bonanza de la tarde,
próxima de luna llena.

Cuántos fueron mis accesos rudos, que no les
respondí;
Con qué aspereza desoí la voz
temprana de la infancia,
igual que el desafecto paredón,
inmutable, permanece entre las ruinas.

Cuantas veces el serafín celeste me decía,
agrandá la puerta por piedad, no por estima.

Si me preguntan que tengo yo,
que mi felicidad codician;
entonces,
cavaré un pozo con los héroes de la Ilíada,
plantaré un ciruelo que nos arrope
bajo sus fragancias blanquecinas.
Aprenderé del garbanzo asomando su grano tierno,
mientras muere la bellota en una jaula, compasiva.

Si me preguntan, qué tengo yo,
que mi felicidad codician;
entonces a la siesta,
volveré a trepar la loma cetrina,
allá por el camino de la vía.
Llena de juegos florales apenas ariscos,
volveré a llamarte hermana,
cuando todavía suene la música alrededor
de una plazoleta vacía.