Es un utensilio que amarra la carne en el asador
El mango largo y plano le otorga cierta
extirpe, un lugar distinguido a quien lo toma
es como la imagen congelada de Isabel
de Inglaterra,
firmes sus tres astas, de blanca cara
carácter avispado, sale indemne de cualquier discusión,
como el inventario de Blanche Parry, sus cientos de joyerías
de dama intacta.
Nube de bronce. Punzón eterno.
De igual manera que la monarca se adorna con gorgeras,
abanicos y perlas, resurgirá el libro de Plegarias,
pero vos te mantendrás noble frente a la oscuridad,
amparado en la morada extirpe de tu rango,
perviviendo tras las cuerdas
de la dulce mandolina.

Dócil y blanda,
la callejuela no tiene nombre.
Vuelven nocturnos los perros,
al cobijo de su vientre,
hay sacos de pan y leche,
nadie la observa,
dócil y blanda la callejuela.

Parece que no siente, pero ahí está.
Ojos hundidos llaman a sus criaturas
Escenas de humanidad esquiva y breve.
Callejuela del tranco infausto,
instante desdichado del suburbio.

Súbito, el viento azota los postigos.
Crece la gramilla;
la tierra se levanta,
pasa la rendija de la puerta.
Mientras, más allá,
por la callejuela ya serena,
otro beso se propaga,
es promesa a lo largo de la acera fugitiva.