Segunda Antología: «Monstruos y Flores» 40 años de Democracia

Las Milonguitas

Por María Rosa Gianello

Y ese arquetipo de milonguitas risueñas que sobrevuelan del suburbio al cabaret, bailando la danza de olvidar cuanto tuvieron, dejar rodar lo que en ellas subsistía, madre, hermanas, love affairs, bulevares. Y vos también milonguerita, retazo en boga, pálida leyenda, burlás tu piel desplumada, el barrio de atardeceres afligidos, noctámbulos cansados que ni comen y el rencor del que anda boyando entre Pompeya y Florida. Milonguerita sin mote, etnia ni evangelio, despojada por entero y de vos misma, ofrecés tu regalo bella y celeste, tus piernas de dragón, zarandeada como un pino, en el eje de la tormenta. No estás bailando el vuelo de la cigüeña blanca, del azúcar nocturno, menos aún el motín y la caída de los yerbatales hostigados, ni el aire agitador de las corbetas, ni siquiera la mueca de praderas azulinas. Te liberaste de tu clase y del arrabal de tu primavera. Jaranera devenida en loca y reina, bailás en el redil, tus acordes y melodías, arropás latidos angustiosos, banquinas y calzadas, percal alucinado del ayer. Sin advertirlo Milonguita, te lanzamos nuestras historias con una daga negra y ponzoñosa y danzás carcomida por gorilas de espalda plateada, que te dificultan la pendiente y te dejan rodar en emblema batido o festón despedazado. Nosotros mismos Milonguita, cargamos tu pecho resoplado, ese clamor que se ahoga hacia el oeste y el naciente, la púrpura acalorada de tu furia, una renuncia secreta, el abandono del Creador de tus inocencias.

Sotana maldita

Por María Rosa Gianello

El clérigo represor llega a la sala. Le hace un guiño al policía encargado de vigilarlo. Pide salir de la cárcel, que le sea concedida la libertad condicional, invoca su amor por las sagradas escrituras. Imagina a la Santa Iglesia premiándolo por tanto sacrificio. Se resigna a no vivir en el hogar sacerdotal de Buenos Aires, al Papa no le gusta la idea. Más aún después de que le han solicitado que lo expulse de la Iglesia Católica.
A su edad, confiesa que estaría más que satisfecho si fuera designado como capellán en alguna aldea del norte entrerriano, nunca está demás un sacerdote en poblaciones ignotas y alejadas de la palabra de Dios. Claro que tampoco pretende regresar a Concordia, donde lo esperan la familia acomodada y antiguas conquistas amorosas. El Tribunal rechaza la solicitud de Christian Von Wernich y el clérigo de la sotana maldita decide que morirá como un mártir entonces, siempre que sea por el bien de la Patria.