Poemas III

Este es tu lugar
A papá
Por María Rosa Gianello
En este lugar están tus reminiscencias:
esta tenue lluvia de lavandas,
descendiendo vanamente sobre las postergadas ocasiones;
tu fama,
la persistente fama sosteniendo tu palma alzada entre el granizo,
la historia familiar, su murmullo invariable y rojo frente al río;
mi niñez tan próxima,
en el mismo patio donde la gramilla habla todavía,
y donde tantas veces tu cuerpo descansaba junto a nosotros,
entre la espesura del quebracho y el aroma del incienso.
Todo siempre es semejante,
tan pronto como pulsamos igual que ahora el remoto paredón:
todo siempre es semejante.
En este lugar está tu influjo, lívido muchacho:
tu aureola grata,
la vaporosa meseta para tus pasos discretos ,
la rudeza del estanque, el añorado silencio del amanecer,
las tradiciones pretéritas ,
el suelo al que llegamos con idéntica estrella sobre el grito.
-¿Recuerdas la cerrazón? ¡fue hace tanto tiempo!
prolija es ahora tu ceniza cabellera.
Con todo, llevas aún sus fugaces capullos sobre el pecho
y tu rostro se eleva bajo el mismo firmamento
babilónico y franco.
¿habrás de retornar acompañado, como un labrador a su hogar,
por algún camino que he reconocido?
¿Recuerdas todavía la cerrazón?
¡Qué desierta estará hoy, detrás de las estériles murallas,
tu habitación de mármol y de flores!
desvalida, su primavera que tiene la forma de tu talle ,
extrañará ahora tus sigilos demasiado tenaces,
tu cutis, tan devastado como un reino al que sólo verán antiguos pétalos,
luego de haber observado pasar, largo tiempo,
la paciencia inagotable de la araña entre sus desoladas ruinas.
Aguarda, aguarda, alma mía:
no es la imagen frígida de la temerosa sequía ni
la de la ilusión flamante.
De nuevo, de nuevo, alma mía:
el roce de la aldaba sobre la puerta,
El olor a libro nuevo,
a canela y vainilla,
el clamor de mamá,
la igual melancolía, y esta indeclinable fortuna
de contemplar nuestro retrato, hasta desfallecer.

Pena de Mburucuyá
A Pueblo Alvear
Por María Rosa Gianello
Dulces Mburucuyá verdes del Perú
pulidas como la pasión de Cristo
frescas como pizcas de rocío.
De la antigua tierra
rasgada y declamante,
resurgidas en cada primavera,
con el mismo capricho
de las mujeres,
con el mismo principio
de nuestro cielo,
infinitas y fértiles,
reiteradas y nuevas,
mburucuyá de las altas sierras
de la matriz dispuesta
que a través de la cruz
sigue alumbrando el goce.
Esta tarde las pasionarias,
las uvas pequeñas,
La plegaria de una amiga,
mi pena en el intervalo,
la tierra sedienta,
todo tan sencillo,
tan perdurable,
como el grano de arroz.
Aquí en el antiguo Puerto,
los fortines tan rebajados por la muerte,
las manos invasoras al poniente,
memorarlo me deshoja,
decayendo así,
su amarillo deslucido
y titilante como estrella primitiva.
Hay destellos que no puedo tocar,
¿dónde están tus dones curativos, tu bálsamo de
sueño?
Pero la paz me recibía,
vos frente a mí
con tu sabor almendra,
mientras todo era sencillo
como la aldea
que me ofrecía su fortuna:
las dulces mburucuyá,
misteriosas, serpenteantes,
enredándose en los postes,
callada, una leyenda
de cenizas.